07-06-2008 por: Esther Vivas
Ayer terminó la Cumbre de Alto Nivel sobre Seguridad Alimentaria de la FAO (Organización para la Alimentación y la Agricultura de la ONU) que se celebró estos días en Roma. Las conclusiones del encuentro no indican un cambio de tendencia en las políticas que se han venido aplicando en los últimos años y que han conducido a la situación de crisis actual.
Las declaraciones de buenas intenciones y las promesas de millones de euros para acabar con el hambre en el mundo realizadas por varios gobernantes no van a poner fin a las causas estructurales que han generado esta crisis. Así mismo, las propuestas realizadas por el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, de aumentar en un 50% la producción de alimentos y rechazar las limitaciones impuestas a la exportación por parte de algunos países afectados parecen reforzar más las causas de la crisis que conducir hacia salidas reales que garanticen la seguridad alimentaria de la mayoría de las poblaciones en el Sur.
El monopolio de determinadas corporaciones multinacionales de cada uno de los tramos de la cadena de producción de alimentos, desde las semillas pasando por los fertilizantes hasta la comercialización y distribución de lo que comemos, es algo que no se ha tratado en esta cumbre. Sin embargo, y a pesar de la crisis, las principales compañías de semillas, Monsanto, DuPont y Syngenta, han reconocido un aumento creciente de sus ganancias y lo mismo han hecho las principales industrias de fertilizantes químicos. Las mayores empresas procesadoras de alimentos como Nestlé o Unilever también anuncian un alza en sus beneficios, aunque por debajo de las que controlan los primeros tramos de la cadena. Del mismo modo que las grandes distribuidoras de alimentos como Wal-Mart, Tesco o Carrefour afirman seguir aumentando sus ganancias.
Los resultados de la cumbre de la FAO reflejan el consenso alcanzado entre la ONU, el Banco Mundial (BM) y el Fondo Monetario Internacional (FMI) para mantener unas políticas económicas y comerciales de dependencia Sur-Norte y de apoyo a las multinacionales de la agroalimentación. Las recomendaciones lanzadas a favor de una mayor apertura de los mercados en el Sur, de subvencionar las importaciones de alimentos a partir de la ayuda al desarrollo y la apuesta por una nueva revolución verde apuntan en esta dirección.
Aquellos que trabajan y cuidan la tierra, en manos de quienes debería de estar nuestra alimentación, los campesinos y las campesinas, fueron excluidos del debate. Cuando representantes de organizaciones campesinas intentaron presentar sus propuestas, coincidiendo con la inauguración oficial de la cumbre, fueron retirados por la fuerza. En reuniones anteriores de alto nivel, se había permitido una mayor participación de los colectivos sociales y en cambio ahora, ante la gravedad de la situación, las puertas se han mantenido cerradas, como ha denunciado la red internacional Vía Campesina.
Acabar con la situación de crisis implica poner fin al modelo de agricultura y de alimentación actual que antepone los intereses económicos de grandes multinacionales a las necesidades alimentarias de millones de personas. Es necesario abordar las causas estructurales: las políticas neoliberales que se han venido aplicando de forma sistemática en los últimos 30 años, promovidas por el BM, el FMI, la Organización Mundial del Comercio (OMC) con Estados Unidos y la Unión Europea al frente. Unas políticas que han significado una liberalización económica a escala global, apertura sin freno de los mercados, privatización de tierras dedicadas al abastecimiento local y su reconversión en monocultivos de exportación… conduciéndonos a la grave situación de inseguridad alimentaria actual. Según el BM se calcula que la cifra de 850 millones de personas que hoy padecen hambre aumentará en los próximos años hasta 950.
La salida a la crisis pasa por regular y controlar el mercado y el comercio internacional; reconstruir las economías nacionales; devolver el control de la producción de alimentos a las familias campesinas y garantizar su acceso libre a la tierra, a las semillas, al agua; sacar la agricultura de los tratados de libre comercio y de la OMC; y poner fin a la especulación con el hambre.
El mercado no puede resolver el problema. Frente a las declaraciones del número dos de la FAO, José María Sumpsi, afirmando que se trata de un problema de oferta y de demanda, debido al aumento del consumo en países emergentes como India, China o Brasil, hay que recordar que nunca antes se había dado una mayor producción de comida en el mundo.
Hoy, se produce tres veces más que en los años sesenta, mientras que la población mundial tan sólo se ha duplicado desde entonces. No hay una crisis de producción de alimentos, sino una imposibilidad para acceder a los mismos por parte de amplias poblaciones que no pueden pagar los precios actuales. La solución no puede ser más libre comercio porque, como se ha demostrado, más libre comercio implica más hambre y menor acceso a los alimentos. No se trata de echar más leña al fuego.
*Esther Vivas es co-coordinadora de los libros Supermercados, no gracias y ¿Adónde va el comercio justo?
Tomado de:CADTM
La bolsa o la vida en la Cumbre de la FAO
Pablo Jato
Otra cumbre absurda que no sirve para nada. Todos se reúnen en Roma con gesto grave, haciendo intensas declaraciones a la prensa, pero regresarán a sus países sin haber logrado nada, a comer como posesos mientras los pobres y los hambrientos que por cierto, no han ido a esa cumbre, miran desde el más absoluto silencio.
Dicen los grandes dignatarios que están preocupados por los 900 millones de personas que pasan hambre, aunque en realidad están más preocupados por no ser ellos los próximos en ser agregados a esa lista. Ningún país de los que comen quiere dejar de hacerlo, pero una sombra de crisis planea sobre la moribunda economía en regiones supuestamente en desarrollo e incluso en países bastante desarrolladitos. Está en juego la comida de los que comen, no el hambre de los que mueren.
Los millones de hambrientos que hay en este planeta no han surgido ayer, ni son producto del precio del arroz de hoy. Existen desde hace décadas, la cifra va en aumento y no hay cumbre hasta ahora que haya logrado cambiar ni un ápice dicha situación.
Ahora la crisis ha subido aún más el precio de los alimentos, sin que haya una razón lógica, y los pobres, los más pobres, serán como siempre los que paguen el verdadero precio de esta masacre, de este genocidio constante del que nadie se quiere hacer responsable. En esa cumbre nadie quiere asumir la responsabilidad, que por desgracia acabará en el cambio climático o en alguna otras estupidez mediática. Nadie quiere ser culpable de los millones de personas que mueren de hambre cada año y parece que se reúnen para que todo siga igual. Culparán a un inerte barril de petróleo, a un precio abstracto en la locura de la bolsa. La bolsa o la vida. Claro que la bolsa ya sabía de esta gran especulación de los precios. Estaba planeada, pensada, calculada. La cumbre estaba en una agenda, en muchas agendas. Los discursos estaban ya escritos en alguna oficina. La cumbre estaba presupuestada. Parecería que todo no es más que un teatro gigante y carísimo. Los hambrientos son solo una cifra más, un cero a la izquierda.
Se reúnen para soltar al aire miles de millones en supuestas ayudas, miles de millones que nunca llegan, que no sirven para nada, que son tan ligeros como las palabras que les acompañan. Se alimenta el ego de presidentes que van a las cumbres sintiéndo que marcan el destino de la humanidad, y la hipocresía sale tan gorda, que si los pobres pudieran alimentarse de ella el problema estaría resuelto. Si pudieran alimentarse de mentiras y promesas…
Al final, volvemos a escuchar que con lo que ha costado la guerra de Irak se habría podido acabar con todo el hambre y la sed del planeta. Con lo que se gasta el mundo en armas solo en un año, no volvería a pasar hambre nadie jamás. ¿Cuántas décadas vamos a continuar escuchando lo mismo? Pero la humanidad sigue creciendo a un ritmo insostenible, y crece la locura y el despilfarro, el abuso, el egoísmo… Y mientras el 30 % del planeta consume el 70% de todos los alimentos que se generan, el 70% de los hambrientos se tienen que repartir el miserable 30 % que les queda. ¿Hambre o locura?
Algo muy grave debe estarle pasando a la humanidad para que unos países consideren la obesidad como un mal general al que hay que atacar, y en otros no tengan ni un diminuto puñado de arroz.
Me pregunto si darán de comer en esta cumbre de la FAO que nos restriegan en la cara. ¿Cuál es el presupuesto para restaurantes de los equipos de gente que acompañan a los importantes jefes de estado? Sea cual sea la cantidad les puedo asegurar que es obscena. Seguro que el presupuesto de gastos de todos esos poderosos, presidentes y políticos, todos esos guardaespaldas, policías y arrastrados que les acompañan es mucho más de lo que haría falta para acabar con la urgente necesidad de comida en África hoy. ¿Y quién paga todas esas comidas de “empresa”?
Una vez más, las promesas incumplidas y el olvido serán el menú en el tercer mundo, que verá como siempre, con horror y muerte, la pasividad hipócrita y cruel del resto de países que una vez reunidos y televisados, tienen la conciencia tranquila. Las bolsas seguirá llenándose gracias a las vidas de los más necesitados.




