ANTE SEÚL, EXIGIMOS VERDADEROS CAMBIOS

Desde 2008, cuando comenzó a extenderse la última crisis mundial, que se inició en EEUU, el G20 asumió unilateralmente el rol de foro encargado de buscar soluciones sin tener en cuenta la opinión de los demás países que integran la ONU y de diversos análisis críticos, como el reflejado en el informe Stiglitz

En un comienzo se incorporaron en el debate del G20 temas como desarrollo, empleo y medio ambiente y se llegó a hablar de soluciones de fondo que replantearan la arquitectura financiera internacional, imponiendo regulaciones a los mercados financieros, combatiendo los paraísos fiscales y los flujos ilícitos de capital y promoviendo impuestos a las transacciones financieras. Pero a medida que ha pasado el tiempo se ha evidenciado una preponderancia de las propuestas más conservadoras que asumen que las fuerzas del mercado están resolviendo la crisis o ellas por si mismas la van a resolver.

Asi las menciones a la regulación de los mercados financieros y a contener la especulación desenfrenada van desapareciendo de las declaraciones y el debate sobre el “desarrollo” vuelve a insistir en las políticas fracasadas de facilitación del flujo de inversiones y aumento de la seguridad jurídica para los capitales y las empresas transnacionales En consecuencia, en algunos países las políticas encaminadas a la recuperación económica, a la mejoría en el nivel de vida de la población y a la reactivación del empleo mediante el aumento del gasto público y el fortalecimiento del papel regulador de los Estados han sido abandonadas para fomentar nuevamente los ajustes fiscales al mismo tiempo en que los dineros públicos se han destinado a salvar los grandes grupos financieros cuya actividad especulativa está en el corazón de la crisis.

La crisis aun no ha terminado y los desequilibrios comerciales revelan que se encuentra en una nueva fase, que ha sido descrita como guerra de divisas, en la cual Estados Unidos a través de la emisión y devaluación del dólar y con una tasa de interés igual a cero, intenta fomentar artificialmente sus exportaciones y reducir su déficit comercial; al mismo tiempo, los demás países desarrollados intervienen en los mercados de divisas para resguardar sus economías de la especulación. En EEUU y Europa la producción no se recupera, el desempleo se mantiene y los bancos y corporaciones financieras que sobrevivieron con los subsidios estatales, arrojan enormes ganancias. Los países del G7 han puesto sus esperanzas en que las economías emergentes se vuelvan crecientes mercados de sus productos y financien sus déficit comerciales.

La crisis fiscal y financiera de Europa, que afectó inicialmente a Grecia y otros países del este de Europa, lo que se reflejó en junio de este año cuando tuvo lugar la reunión de Toronto, se ha extendido a otros países del continente, como lo han demostrado las medidas de austeridad que han desatado una oleada de huelgas en España, Portugal, Bélgica y Francia, evidenciando que la situación de desempleo y las condiciones laborales son cada vez peores. La respuesta ha sido el recorte del gasto público, de los derechos sociales y una inclinación a la derecha, que incluye el fortalecimiento de posiciones racistas y xenófobas reproduciendo los programas de ajuste aplicados en América Latina hace 20 años, que condujeron a la región a un estancamiento, desindustrialización y crisis social en el clímax del período neoliberal.

La falta de decisiones efectivas ha tenido como efecto que las soluciones que se han implementado desde el G20 a esta crisis, lejos de apuntar a las causas mismas de la especulación financiera y monetaria y a resolver la situación de desempleo que se ha generado, consisten en una continuación de las mismas políticas que la produjeron. No se han tomado medidas contra los paraísos fiscales, la regulación de la especulación es muy tímida, no se han decidido a ejercer un verdadero control del capital financiero, y se mantienen los llamados a evitar el proteccionismo y se aboga por retomar las negociaciones de la OMC en la ronda de Doha.

El G20 decidió reforzar el poder de una de las instituciones que ha promovido las políticas de liberalización comercial y financiera: el FMI. A través del aumento de la participación de las economías en crecimiento en un 6% en las instancias de decisión y del incremento de los aportes, se espera convertir al FMI en el guía de las políticas económicas a nivel mundial. Son estas mismas políticas las que generaron la crisis y continúan reproduciéndose para mantener la arquitectura de la globalización que ha sumido a la humanidad en la actual crisis.

El G20 se constituye una instancia elitista e ilegitima de decisión sobre el rumbo de la economía mundial y sus respuestas a la crisis corresponden a los intereses del gran capital y aunque refleja los conflictos provocados por la nueva geopolítica internacional y el papel de las economías emergentes no ha propiciado medidas serias que resuelvan el deterioro de las condiciones de vida de la población.

Frente a la cumbre de jefes de gobierno en Seúl:

Exigimos cambios reales en las políticas económicas. No se debe continuar profundizando un modelo que beneficia al gran capital financiero y las empresas multinacionales, hiere y erosiona el papel de los Estados para profundizar políticas nacionales y regionales soberanas y continua promoviendo mayores niveles de pobreza y desigualdad. Las medidas para afrontar la crisis deben apuntar a un cambio en el modelo de desarrollo.

Demandamos la suspensión de la ronda de Doha y de los tratados de libre comercio e inversión, que constituyen un paso más en la implementación del modelo y limitan las posibilidades de los países de definir sus propias políticas de desarrollo.

Rechazamos la intención de promover el Acuerdo de Copenhague a través del G20, desconociendo los espacios multilaterales con el fin de imponer falsas soluciones a la crisis climática, que continúan reproduciendo el modelo que lo genera. Rechazamos la revitalización del FMI, para que éste vuelva a implementar las viejas políticas ortodoxas que fundamentan su funcionamiento y que llevaron a varios países de nuestra región a la banca rota y la pobreza en los años 90. Es necesario establecer regulación a la especulación financiera, a través del control de capitales, de las tasas de cambio y de la eliminación de los paraísos fiscales.

Llamamos a los pueblos del mundo a forjar una amplia unidad que detenga las políticas que están haciendo recaer sobre los pueblos los efectos de la crisis y que cuestione los fundamentos de la globalización neoliberal que está llevando a la humanidad a la catástrofe y a los pueblos a la miseria.

Alianza Social Continental, noviembre 5 de 2010